El psicoanalista alemán Erich Fromm en su libro El Arte de Amar define al hombre y la mujer maduros como alguien capaz de levantar dentro de su mente, en su diálogo interno, un andamiaje cognitivo lo suficientemente robusto para representar ambos a su padre y a su madre. No necesariamente a los padres biológicos de la persona, sino más bien las personalidades arquetípicas de padres y madres. Según Fromm, tu conversación interna debería ser capaz de asumir ambos roles.

La voz interna de la madre es amorosa, bondadosa, incondicional hacia ti mismo, de un apoyo y aceptación y cariño profundos, de compasión sin condición, en todo momento, sin ningún motivo de ser. La voz interna del padre es más exigente, demanda verte convertirte en la mejor versión posible de ti mismo, sin espacio para la lástima, sabe cuánto puedes dar y en su deseo por lo mejor para ti, te empuja a cumplirlo. Alguien capaz de representar ambos roles en su conversación interna se acerca a la definición de persona madura de Fromm. Alguien que es capaz de amarse y aceptarse como es, y al mismo tiempo, de empujarse a dar más y a crecer y mejorar.

Todos a medida que crecemos tenemos que volvernos nuestros propios padres en un sentido importante. Aprendemos a escuchar nuestros propios consejos, a seguir nuestras propias instrucciones y a tomar nuestras propias decisiones. Cuando pasamos a ser nuestra propia autoridad, somos nosotros quienes definimos qué está permitido y qué no. Qué es importante y qué no. Y lo hacemos colmados de confusión y equivocaciones -en un proceso a veces consciente y a veces no. Lo cierto es que moverse hacia la independencia y la madurez no es solo lograr autonomía económica o mudarse a otra ciudad. Independencia es también aprender a querernos y a disciplinarnos cuando nadie nos lo diga.

Cuando nadie más te dice qué no está bien, ¿sabrás determinar el límite de lo permitido?

Cuando nadie más te dice que deberías estudiar, que no te juntes con malas influencias, que dejes de comer mal, que mentir está mal, ¿podrás decírtelo tú a ti mismo?

Cuando nadie más te dé ánimo para seguir, ¿podrás darte ánimo a ti mismo?

Cuando nadie te exija dar lo mejor de ti, sin permitirte quedarte en un estado lastimero, exigiendo que te levantes y sigas empujando, ¿podrás hacerlo tú, para ti?

Cuando nadie más te diga que te ama incondicionalmente, ¿podrás decírtelo tú a ti mismo?