La frase “volver al cuerpo” suena muy seguido en círculos esotéricos. La frase suena bien y hace sentido, porque por supuesto, deberíamos volver al cuerpo. Deberíamos escuchar a nuestro cuerpo. Pero creo que también deberíamos mirar con sospecha la premura con que aceptamos esta frase. Porque quiere decir más de lo que inicialmente intuimos y porque en el eventualmente deberíamos dejar de lado esta frase. Permíteme explicarme.

La mayoría de nosotros sabemos que nos hace falta cuidar nuestro cuerpo. Que pasamos muchas horas sentados, que comemos mal, que nuestra postura nos deja con dolor de cuello, que demasiado seguido nos duele la cabeza o el estómago o las rodillas. Pero volver al cuerpo no se trata solo de esto. No refiere únicamente a comer sano, a hacer ejercicio y a elongar. 

Un poco más profundo, entendemos volver al cuerpo como un llamado a dejar de vivir disociados de nuestro cuerpo. A prestar atención a las señales del cuerpo. A escuchar cuando nuestro organismo nos habla -sin hablar, sin usar símbolos ni palabras-.

Escuchar al cuerpo supone también una habilidad. Y por lo tanto, niveles de sutileza que permitirían leer señales cada vez más específicas y sutiles para quien sea capaz de verlas.

Pero pasamos demasiado tiempo en nuestra cabeza, hechizados por nuestro diálogo interno, continuamente resolviendo problemas, reviviendo o imaginando conversaciones; hablando en pensamientos sin parar. Y nos movemos en el mundo desde ese lugar: hipnotizados por ese modo discursivo de nuestra mente. No quiero decir aquí que los pensamientos son nuestros enemigos, o que son malos, ni mucho menos, prescindibles. Necesitamos pensar. Los pensamientos son centrales para tanto de lo que nos importa. Pero también deberíamos ser capaces de suspender el hechizo que nuestros pensamientos tienen sobre nosotros. Y en esos espacios de paréntesis, volver a nuestro cuerpo. Y escuchar otro tipo de idioma. Un idioma sin palabras ni gramática, pero que habla claro y fuerte -si solo supiéramos escuchar.

Este idioma del cuerpo no habla únicamente sobre qué comer y cómo o cuándo ejercitarse. Nos habla también sobre la memoria del cuerpo. Solemos pensar que la memoria es esta capacidad humana para recuperar entre nuestros recuerdos algo en particular y traerlo al presente. Pero hay otro tipo de memoria, una memoria no semántica, no lingüística ni episódicamente segmentada, sino que una memoria somática, sensorial, emocional, la memoria del cuerpo. Porque en nuestro cuerpo están guardados los eventos más significativos de nuestra historia. No con un hilo narrativo claro. Sino que en sensaciones, en movimiento, en dolor. El cuerpo habla de nuestra historia emocional, de quién fuimos, de quién somos. Sobre qué nos aterra, qué nos mueve, sobre qué preferimos sentir, qué no y qué ni siquiera nos permitimos sentir. 

Hay una sabiduría en el cuerpo previa, más fundamental, a la mente discursiva. No es una sabiduría que reemplace nuestra capacidad de planificación, ni de razonar. Es una sabiduría más antigua, más animal. Más parte de la Tierra -en sintonía con otros ciclos y otros ritmos. Que fue esculpida durante millones de años de adaptación y supervivencia. Es un saber distinto.

¿Qué parte de tu mente consciente es la que sabe caminar? Por supuesto, podrías dar una descripción de la mecánica del movimiento de caminar. Si sabes de anatomía podrías describir los músculos y articulaciones involucrados en cada paso. Si sabes de física podrías hablar sobre las interacciones de cuerpos y fuerzas. Pero cuando caminas, ¿es esa parte de tu mente -la que sabe de aductores y tibias y Newtons-, la que sabe caminar? No. Nuestra mente discursiva tiene acceso a una ínfima parte de lo que hacemos en el mundo como organismo vivo en movimiento.

Y la frase “volver al cuerpo”, que tan rápido aceptamos, presenta una suerte de paradoja. Porque es esa misma avidez con que saltamos a aceptarla, es esa mente desesperada por explicaciones, la que le dice que sí a “volver al cuerpo”, de lo que queremos desprendernos. El espíritu detrás de la frase “volver al cuerpo” no tiene nada que ver con la frase.

Volver al cuerpo no se trata de aceptar esta idea, ni de aceptar o estar de acuerdo con ninguna otra idea, se trata de soltar todas tus ideas y todas tus opiniones. De crear un espacio para respirar entre ideas.

Volver al cuerpo, realmente volver al cuerpo, no se trata de pensar sobre el cuerpo, ni de aprender sobre el cuerpo, ni de saber más sobre cómo funciona el cuerpo -todas estas cosas son valiosas y tienen su lugar, pero volver al cuerpo trasciende este tipo de comprensión. 

Volver al cuerpo tampoco se trata de volver a algún lugar, en realidad no hay ningún lugar al que volver. Hay un modo de ser en el que no hay distancia, no hay pérdida de comunicación entre nuestro habitar el mundo y la fuente de nuestros movimientos. Experiencia directa pura. La no-mente, el estado de flujo, el Tao; distintas personas usan distintas palabras para hablar de esto.

No por esto deberíamos renunciar a la frase “volver al cuerpo”. Pero la frase más que una conclusión o un cierre o solución, o idea que nos cautive, es una sugerencia. Y quizás aún más, quizás más que nada, es un recordatorio. Un recordatorio a olvidarla a ella también.